Hoy, en clase de Estética, intentando responder a la pregunta del profesor “¿Cuál es el fin de una obra de arte?” sugerí la posibilidad de que fuera el mero estar ahí, en el museo, lo que constituye su finalidad primera. Aquello no fue bien recibido. Propios y extraños se me echaron encima. Había una cierta evidencia imposible de verbalizar que todos conocían menos yo. En concreto una señorita que se sienta a mi lado comenzó a decir que NO repetidamente. Cuando le pedí que explicara el porque de su negativa dijo simplemente PORQUE NO, recurriendo en una circularidad que fue por todos tomada como buena. Fin de la discusión.
Todos sabéis las teorías kantianas de la obra de arte como una finalidad sin fin. Supongo que lo que mis compañeros defendían era esto mismo: una finalidad sin fin de un arte eminentemente desinteresado. Parto de esta afirmación para desarrollar lo que intentaba explicar con “la finalidad de una obra de arte es el estar ahí en el museo”. En mi opinión no existe algo así como un contexto del arte desinteresado en relación con el espectador, que pretende obtener una serie de impresiones sensibles, una cierta experiencia, evocación o reflexión. Tampoco en relación con el artista quien busca su propio interés y satisfacción, mediante el alivio de un cierto sentimiento, su provocación, o simplemente representación/reflejo de unas teorías estéticas y/o especulativas. Se dan también los casos de artistas que buscan la provocación o el dinero. Sea como fuere -es un tema muy amplio que no quiero desarrollar ahora, pues no es la base de mi tesis- algo claro es que la relación del ser humano con respecto de una obra de arte sucede en términos de interés subjetivo y no meramente desinteresado.
La obra de arte en cuanto tal tampoco puede considerarse desinteresada, no tanto porque provoque una serie de imágenes/percepciones/pensamientos en el espectador/autor, sino por su propia constitución, ya por si misma problemática. La noción de obra, tomada como objeto indiferente de las percepciones subjetivas que provoca, no preexiste a-priori en la percepción que tenemos de la realidad, ni tampoco es un concepto puro que no necesite de demostración empírica. De hecho, uno de los problemas inherentes a la obra de arte es su reconocimiento y constitución como obra de arte. No me refiero a su producción técnica sino a la aserción “esto es una obra de arte”. La obra de arte tan solo existe en tanto la reconocemos como tal. Esta es la principal distinción respecto del resto de los entes creados por el hombre (útiles, instrumentos).
Algunos podrían argumentar que en la Naturaleza ya se encuentran ciertos parámetros de belleza y plasticidad que asociamos a la obra de arte, incluso que la Naturaleza es una obra de arte. Desde luego, pero es tal desde el momento en que se le reconoce como obra de arte. Otros más heideggerianos dirán que la obra de arte pone de manifiesto la verdad en su carácter de ocultación. Desde luego. Esa verdad se identifica con el valor de verdad que otorgamos a la proposición “esto es una obra de arte”. Lo que nos oculta es la posible univocidad de esa aserción a lo largo de la historia, cosa que desconocemos debido al cambio al que se ve sometido la percepción estética de la realidad. En otras palabras: no podemos decir que una obra de arte sea eternamente como tal reconocida.
Es necesario hacer la siguiente apreciación a la afirmación kantiana. Subyaciendo al aparente desinterés, esto es, a la obra de arte en apariencia libre y desinteresada que se ofrece publicamente como una finalidad sin fin, se encuentra una finalidad constitutiva, esto es, que tiene el fin en la propia constitución y autoconfirmación de su ser-aquí como obra de arte. El arte tiene la finalidad en si mismo.
La obra de arte es tal cuando se reconoce en su esencia, que no es otra que ofrecerse a un público como creada, cuanto menos reconocida. Las obras de arte no son tal sin público, ni tampoco hay artistas sin obras de arte. El propio ser de la obra de arte, que es al mismo tiempo fundamento y finalidad de su existencia, es la creación de un espacio público, a través de su propio devenir público/universal de ciertas apreciaciones y conformaciones privado/subjetivas. Es mi opinión que este hecho de hacerse pública es por si observable en la propia materialidad de la obra de arte, que, en mayor o menor medida debe ser producida o, cuanto menos, teorizada. La produción de la obra de arte y su exposición crea un espacio de cultura. Se puede decir que en su conformación toda obra de arte tiende a ocupar su lugar común, no solo en tanto tópico y lugar referencial de la cultura, sino como elemento común de exposición pública. Aquí solo me refiero a las obras de arte plásticas, pero en otros campos esto es igualmente aplicable: la obra literaria conforma un espacio “de cultura” para una publicación posible, para una lectura posible en la propia fijación de la escritura. La estructura lógico-argumentativa de la escritura ya contiene de si potencialmente la posibilidad de ser leida, al igual que sucede de forma análoga en la exteriorización material de la obra de arte. La obra tiende, por su propia constitución, a adquirir una forma, esto es, su existencia se debe tan solo a aplicaciones formales sobre una materia. La materia es el diferente campo en el cual sea-ahí la obra. La forma su propia constitución como obra específica, que como vamos atisbando, consiste en publicarse, mostrarse. En definitiva y sin mas rodeos se puede concluir que el arte tiene el fin de mostrar, bajo la apariencia de sentimientos y razonamientos, la veracidad de la proposición que respecto de ella dice: esto es una obra de arte. El lugar donde esto sucede: el Museo. En otras palabras: el arte es el pedestal.
Contra la humildad
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