18.5.09

La teoría de la causalidad

La teoría de la causalidad necesita ser de nuevo considerada después del distanciamiento histórico actual respecto de las grandes críticas y del abandono final de esta teoría bien entrado el siglo XVIII, desde el punto de vista físico totalmente incompetente para un mundo moderno basado primero en la necesidad de relaciones contingentes (Newton) y mas tarde contingencia de relaciones necesarias (Einstein). En buena medida esta teoría continua operativa como método heurístico para el descubrimiento de proposiciones operativas en la actualidad, así como un enfoque dogmático y medievalizante en el tratamiento de temáticas que exigen un posicionamiento radical, una inflexibilidad y un claro discernimiento.

Comencemos diciendo que la teoría de la causalidad se encuentra al servicio de una física unilateral en el tratamiento de los fenómenos, taxonomizadora, rígida, que concibe el mundo desde la unidad. Una postura contemporanea nos ayudará, manteniéndonos en el estricto marco aristotélico, a comprender mejor la crítica implícita al sistema que pretende fundamentar, aun a riesgo de parecer laxos en el lenguaje y la teoría. De esto modo apunto que la teoría de las causas no conduce lógicamente a una unidad causal primera, esto es, a una causa primera como origen del movimiento, del devenir, sino a un efecto final. En efecto, tan solo partiendo del anticuado presupuesto matemático de la época clásica -ateniense y no solo ateniense, euclidea en definitiva- que postula la unidad como origen de los números naturales se puede llegar hasta esta conclusión forzada: la unidad implícita del mundo, un cosmos jerarquizado que pueda transplantarse de manera análoga al ejercicio de la política (el individuo como principio de la colectividad). En la actualidad, con un sistema de numeración que incluye la inexistencia de objetos (el 0) podemos afirmar con total tranquilidad justo lo contrario, esto es, que “el uno” es tan solo un punto de partida para la contabilidad de conjuntos infinitos, totalmente contingente, absolutamente arbitrario, meramente convencional. Tan solo responde a una necesidad de comienzo, no a la verdadera existencia de un comienzo necesario.

Tal vez sea el momento ahora, después de haber aclarado nuestras ideas sobre lo uno y lo múltiple, así como el abandono provisional de la unidad implícita como fundamento formal de una cierta manipulación argumentativa, el momento de regresar a la proposición fundamental de este escrito: la teoría de la causalidad no conduce a una causa primera sino a un efecto último. Según Aristóteles para la producción de un efecto es necesaria la coincidencia de más de una causa. Mas tarde argumentará la existencia de cuatro principales implícitas en todo movimiento (paso de la potencia al acto): causa formal, material, eficiente y final. Toda causa es lógicamente anterior a su efecto, pues lo contrario supondría que tal efecto existiera antes de ser producido, lo cual es, en todos los sentidos, imposible. En esta cadena causal la postulación de una causa única primera es contra natura a la multiplicación indiscriminada de las causas, puesto que todo efecto es causado por cuatro de las mismas, y su número, en vez de decrecer, aumenta exponencialmente según avanzamos en la escala causal. Si, siguiendo el modo de discurrir aristotélico, iniciamos una cadena causal entre efectos y causas, la razón de ser del mismo no se encuentra en la(s) causa(s) primera(s), sino en un efecto último en cuya producción participan de manera indirecta todas ellas. En otros términos, el conjunto de las causas es contingente hasta que de su coincidencia vistas al fin producido surge la necesidad del conjunto en un efecto totalmente actual, esto es, un efecto tal que no pudiera ser otro en vistas a que la totalidad de lo creado, en su unión, directa o indirecta, produce la necesidad misma.

Tal vez este sea el modo de entender la finalidad aristotélica que, desde un punto de vista crítico, es posiblemente la mas insustancial, vaga e inconsistente de las cuatro causas: finalidad como telos de la producción y, tambien, en el sentido mas contemporáneo del término, como elemento último, consecuencia postrera, final.